viernes, 20 de junio de 2014

Todo crujió

Y entonces, al tirarse, sintió cómo todos sus músculos, cómo todos sus huesos, hasta el martillo, yunque y estribo, se estiraron; crujieron. Incluso sus falanges se separaron, literal, contenidas únicamente por la seguridad de los guantes. 
Por un instante, cerró los ojos, en el momento mismo que impedía que el balón entrara, como un atila esférico, a la portería.
Al caer al más que nunca húmedo césped, aún tenía los ojos cerrados. Sin embargo, lo escuchaba todo. Todo. Su respiración, y el aliento contenido de miles de personas.
No escuchó el arropo de las redes. En cambio, sí un enorme rugido… Y aplausos. Y fue entonces cuando al fin vio. Y descubrió un nuevo mundo; en ese mínimo instante, su vida había cambiado por completo. 
En contraparte, el delantero nunca cerró los ojos. Lo vio todo. Todo. Y no podía creerlo. Hincado, vio la pelota, vio la oportunidad, y pateó. Vio cómo el esférico volaba, ansioso por entrar, como si estuviera en celo, en furor felino. Sin embargo, no vio al portero, que apareció, como lagartija, y cambió la historia. Y el balón se perdió en el olvid o     o      o

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