miércoles, 6 de agosto de 2014

Kafka deprimido

Cuando Abelardo Martínez se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, en su mente se imaginó convertido en un monstruoso insecto. El reloj sonó, como siempre, pero, a diferencia de otros días, no lo adelantó, para dormir cinco minutos más. No. Simplemente lo desconectó.
Sabía que tenía una junta muy importante en su trabajo, que sus padres lo esperaban a la hora de la comida. Estaba al tanto que, precisamente ese día, muchos esperaban algo de él.
Pero no le importó. Se sentía mal. Cerró las ventanas, impidiendo el paso a una suave luz que anunciaba un día soleado, maravilloso en cualquier otra circunstancia.
Y se acostó de nuevo, moviéndose de forma burda, como si llevara un caparazón. Mientras el sueño llegaba de nuevo, comenzó a llorar; aunque no podía etiquetar sus sentimientos, estaba inmensamente triste, sin ganas de hacer nada. Nada. 
Horas después, el teléfono sonó. Varias veces, con insistencia. Al tercer, cuarto timbrazo, también desconectó el aparato. No tenía hambre. No tenía sed. Sólo quería dormir. Desconectarse. No pensar nada. No planear nada. 
Abelardo era un joven normal; incluso, se podría considerar un profesional de éxito. No se podía decir que era guapo, pero sí con una viril personalidad. En esos días, no tenía pareja, pero era algo que él había decidido. Quería enfocarse al trabajo, quería disfrutar su soltería.
Tenía una familia atenta y amorosa. Sus padres continuaban juntos, después de décadas de matrimonio, y siempre lo habían apoyado. Sus hermanas —una mayor y una menor— lo adoraban.
Y, sin embargo, ese día se sentía el ser humano más desdichado del mundo; se sentía un insecto, una alimaña. Esa tristeza, incluso, le dolía físicamente. Los dedos, el vientre, los ojos —la cuenca de los ojos—, las articulaciones… Tenía la boca seca y una migraña insoportable. Se sentía viscoso.  «¿Qué me ha ocurrido?», pensó.
Tal vez lo que sentía se llevaba incubado en su interior desde hacía años. Recordaba, entre brumas, la sensación física de la aprehensión, de la incertidumbre: unas especies de brazos, ciegos y húmedos; oscuros, se enredaban y desenredaban en su interior, entre una sustancia aceitosa. Así, precisamente así se sentía la intranquilidad. Pero eso lo descubrió muchos después, cuando supo traducir lo que le sucedía.
Abelardo siguió en la cama, todo el día y toda la tarde. Antes de que el sol se pusiera de nuevo, fue al baño y orinó. No se lavó los dientes. «¿Para qué, si ni he comido?». No se enjuagó ni siquiera las manos.
Cuando Abelardo Martínez se despertó al día siguiente, tampoco se quiso levantar de la cama. Ni el día que siguió. Ni el que siguió. Ni el que siguió. Ni el que siguió… Mantuvo esa derrotada rutina durante seis días. Al séptimo, falleció. 
Al octavo, descubrieron el cadáver. Los servicios de emergencia acudieron a su casa a instancias de los padres de Abelardo, preocupados por su repentino silencio. El cuerpo del joven lucía seco, sin una gota de líquido. Durante su reclusión, no ingirió agua, y lloró mucho, muchísimo.
Algo similar ocurrió con Jorge, Brenda y Octavio. También con Jacinto, Rosa y Margarita. Hombres y mujeres, por lo general rozando en la treintena, que un día decidían encerrarse en sus casas, y no salir. Todos, sin excepción, murieron a los siete días, velados por la soledad en una atmósfera de depresión.
Lo mismo le sucedió a Pedro, a Roberto, a Claudia, a Miguel, a Raúl, a Berenice, a Juan Pablo, a Jorge, a Beatriz, a Mercedes… Y se declaró la alerta.
Los casos se registraban en cualquier población con más de mil habitantes. Y las autoridades sanitarias no hallaban la causa de por qué los jóvenes habían optado por la muerte.
No se trataba de un virus, como el ébola o la gripe porcina. No. Simplemente, la tristeza los embargaba —sin causa aparente— y se encerraban hasta morir. Los hombres y mujeres mayores a los treinta, así como los niños y adolescentes, parecían inmunes.
Ellos, precisamente, fueron los artífices de que las muertes paraban. A la primera señal de alerta, a la primera muestra de esa depresión, avisaban a las autoridades, que con distintos medios intentaban sacar al joven del entorno oscuro.
Muchos lograron vivir —sobrevivir—, pero… se mostraban apáticos, distantes, en el extrarradio de una sociedad que no sentían propia. Ya no sonreían, desencantados, y realizaban todas sus actividades en una mecánica rutina. 
Todos ellos, sin embargo, continuaron sintiendo en su interior cómo unas especies de brazos, ciegos y húmedos; oscuros, se enredaban y desenredaban, entre una sustancia aceitosa.


viernes, 20 de junio de 2014

Todo crujió

Y entonces, al tirarse, sintió cómo todos sus músculos, cómo todos sus huesos, hasta el martillo, yunque y estribo, se estiraron; crujieron. Incluso sus falanges se separaron, literal, contenidas únicamente por la seguridad de los guantes. 
Por un instante, cerró los ojos, en el momento mismo que impedía que el balón entrara, como un atila esférico, a la portería.
Al caer al más que nunca húmedo césped, aún tenía los ojos cerrados. Sin embargo, lo escuchaba todo. Todo. Su respiración, y el aliento contenido de miles de personas.
No escuchó el arropo de las redes. En cambio, sí un enorme rugido… Y aplausos. Y fue entonces cuando al fin vio. Y descubrió un nuevo mundo; en ese mínimo instante, su vida había cambiado por completo. 
En contraparte, el delantero nunca cerró los ojos. Lo vio todo. Todo. Y no podía creerlo. Hincado, vio la pelota, vio la oportunidad, y pateó. Vio cómo el esférico volaba, ansioso por entrar, como si estuviera en celo, en furor felino. Sin embargo, no vio al portero, que apareció, como lagartija, y cambió la historia. Y el balón se perdió en el olvid o     o      o

viernes, 13 de junio de 2014

«Nos vemos allá arriba»

El final del conflicto es inminente, y el oficial a cargo tiene prisa por colgarse una medalla más; quiere terminar la guerra con un grado mayor.

Así, desde la trinchera, como rata, le pide a dos soldados que hagan una inspección. Sin que nadie se percate, mata a sus propios compañeros, por la espalda, desde lejos; como cobarde.

La tropa cree que fueron los alemanes y están sedientos de venganza. Piden, claman una última carga. El oficial ha cumplido su cometido. No hay motivación más eficaz que el odio.

La carga se realiza al amanecer. Un joven se despega del pelotón y ve los cadáveres de sus compañeros; se da cuenta que los mataron por la espalda.

Antes de que pueda hacer algo, llega el oficial, quien lo empuja a un hondo cráter. Imagínate la escena. Es la Primera guerra Mundial, y estas personas están en una zona que ha sido constantemente bombardeada.

Meses enteros de lluvias, de pólvora, mierda, gases, dinamita… La tierra está sembrada de cadáveres, con diversos grados de descomposición.

El soldado intenta salir del hoyo, pero no puede. Tiene una profundidad de dos metros, y la consistencia del terreno hace imposible que pueda superarlos. Necesita que alguien lo vea y que le eche la mano. 

Sin embargo, un proyectil cae cerca de ahí, tan potente que ocasiona una ola de tierra. Sí, una ola de tierra que sepulta vivo al joven. Son segundos interminables, de tristísima intimidad. 

Una agonía lenta, solitaria, estéril. Un vientre materno aberrante y aberrado, en el que el soldado intenta, en vano, recapitular su vida. Cada segundo es una eternidad, en el que poco a poco se extingue  la consciencia. 

Cuando el aire ya escasea, el joven descubre que no está solo. La bomba removió igual las entrañas de la guerra y colocó junto a él el cadáver de un caballo. Antes de morir, asfixiado, el soldado intenta recuperar de los pulmones putrefactos del animal aire. 

*
Las líneas con las que comencé estos apuntes es el resumen del inicio de «Nos vemos allá arriba». Intenté relatar, con mis palabras y con mis recuerdos, esa intensísima escena con la que Pierre Lemaitre inicia su novela.

viernes, 6 de junio de 2014

Mi Macondo

Tal vez, en unos cuantos años, escriba, con muchos más detalles, la historia que a continuación te contaré.
Si lo hago, me veré obligado a cambiar nombres, no para que los lectores no identifiquen a los verdaderos protagonistas, ya que muchos ya fallecieron; sino porque nadie me creería que todo comienza con un español que se llamaba Eugenio Rosado del Pozo. Y termina con una, al parecer, interminable lista de mártires, santos y vírgenes —aunque sea sólo por el nombre—.
Todo parece indicar que por motivos políticos Eugenio tuvo que salir de su país, con su hermano y sus respectivas esposas. Los españoles hicieron las Américas, y arribaron a Cuba, que entonces se encontraba recién independizada de la Corona de la que escapaban.
Eugenio y su hermano habían hecho un pacto. Quien tuviera el primer hijo de ellos, en ese nuevo continente, lo bautizaría Américo o América. No fue el primogénito de Eugenio. América Rosado fue la primera de la estirpe en estas tierras.
Si los apellidos de este par te causan un ligero rubor —o picazón—, menos me creerías cómo se llamaba la esposa de Eugenio: Carmen de la Espada Ruiz de Herrán.
Así, este matrimonio tuvo cuatro hijos: Diego, Juan Carlos, Consolación, Carmelina y Francisco, quienes portaron con resignación los apellidos Rosado de la Espada.
Los primeros cuatro nacieron en La Habana; el benjamín, a quien después todos conocerían como «Fanfán», arribó, sorpresivamente, al mundo en Mérida.
En Cuba, el sentimiento antiespañolista se había intensificado. Los recién independientes isleños veían con recelos a los peninsulares, y los empujaban a la periferia de la sociedad.
Así, Eugenio tuvo que empacar de nuevo, y llegó de avanzada a Mérida. Su familia lo alcanzó meses después.
El trayecto, entonces, duraba dos días, y se realizaba en barco. Era 1916. En la travesía, un abogado yucateco, treintón, se enamoró de una jovencita quinceañera, cubana, de padres españoles.
Él se llamaba Roberto Castillo Rivas y ella, Carmelina Rosado de la Espada. Roberto ya conocía a Eugenio, quien ya había encontrado trabajo como catedrático en esa nueva tierra mexicana.
Así, Roberto pudo cortejar a Carmelina, con quien terminó casándose. Tuvieron tres hijas: María del Carmen, María de la Victoria Eugenia e Irma Ileana.
Décadas después, la segunda de ellas relataba a sus hijos y nietos, en realidades envueltas en algodones de fantasía, cómo su padre, Eugenio, había hecho guardia el día que mataron a Felipe Carrillo Puerto.
Roberto era juez federal. Cuando la revuelta delahuertista tuvo una de sus expresiones más lamentables, esperó en vano a que, en su calidad de autoridad, alguien acudiera a él para impedir el cobarde crimen.
La familia Castillo Rosado vivía donde hoy se encuentra la Casa de España, en Itzimná. Ahí, los faroles de nafta ardieron toda la noche, intentando iluminar una de las oscuridades más tristes de la historia yucateca.
Sin embargo, las fechas no casan. Roberto no estaba en el Estado cuando mataron a Felipe Carrillo Puerto. Ese episodio nació de una amorosa imaginación.
Otra anécdota que fue repetida constantemente fue que en la casa de los Castillo Rosado el general Salvador Alvarado, furioso comecuras, se quitó el sombrero ante un Sagrado Corazón de Jesús.
En lo que sus hijas calificaron una iluminación divina, Carmelina colocó el perchero junto a la imagen, obligando al distinguido y radical visitante a descubrirse.
Pero, de nuevo, las fechas tampoco casan. Alvarado gobernó cuando el juez y su familia vivían en otra ciudad.
María del Carmen era una flaquita, medio insípida. En contraste, María de la Victoria Eugenia era una belleza, una muñeca de porcelana. Irma Ileana, conocida en sus mejores épocas como el «mango negro», tenía un cuerpo de infarto, con un derriére que pasaría a la historia de la libido local.
María de la Victoria Eugenia —Ena— se casó con un vecino de Itzimná. Abogado al igual que su padre Eugenio, Pablo Alonzo Fajardo era el mayor de seis hermanas. Fue el único varón; fue el único que se casó.
Los Alonzo Fajardo vivían en la residencia donde hoy funciona la Casa Rosada, misma que durante un siglo ocuparon sus longevas hermanas. Estas señoritas —nunca conocieron varón, presumían— siempre fueron viejitas.
Pablo, al igual que Roberto a Carmelina, le llevaba más de quince años a Ena.
Tuvieron dieciocho hijos, y agotaron el santoral: María de la Victoria Eugenia, Pablo José Antonio, Roberto Nicolás, Patricia Guadalupe, Lucía del Sagrado Corazón, Ignacio de Loyola, Francisco de Asís, Alfonso María y Josefina Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús.
Tomamos aire, y seguimos: María Pía de Lourdes Marcelina Teófila, María Aida, María Cristina, Luis Martín Giovanni, Verónica del Pilar, Miguel Tadeo, Sofía del Espíritu Santo, Tadeo Mauricio y Teresita del Niño Jesús.
Fructífero árbol. Fructífera imaginación. Mi Macondo es Itzminá; mis Buendía, los Alonzo Castillo. Sólo que yo no me invento nada.

viernes, 30 de mayo de 2014

La descomposición


Su discurso fue más corto de lo habitual. Y menos intenso. No se sentía mal, pero algo le molestaba. Un cosquilleo en la oreja —dentro de la oreja— le impedía concentrarse.
Ante él veía a cientos de personas, que lo arropaban con la mirada, que aplaudían cada uno de sus gestos, que asentían, que gritaban, que coreaban su nombre; que se tomaban selfies. Nadie se percató que algo no estaba normal.
Cuando terminó, se dirigió de nuevo a la silla en la que estaba antes. Ahí, quienes lo acompañaban en la mesa principal, se levantaron, como resortes, para felicitarlo. Él apretó manos e hizo amagos de abrazos. Sentía las palmas —sus palmas— en exceso húmedas y que él apestaba a sudor.
Ya sentado, y mientras otro orador le agradecía en público su presencia, con discreción se llevó una mano a la oreja. Hizo como si, con el dorso, aplacara el rebelde remolino que siempre se agitaba en sus arengas. Sin embargo, el peinado era lo de menos.
El cosquilleo era ya insoportable; no sólo se sentía adentro. Además, un líquido —no agua; mucho más viscoso— comenzaba a fluir, y se deslizaba por su mejjilla. Con sus dedos agarró lo que le estaba molestando, algo como un pequeño arroz, suave.
Bajó la mano con discreción y la dejó a un costado. Intentó prestar atención, escuchar las palabras de quien ahora hablaba, pero su mente estaba entre el pulgar y el índice.
Levantó ahora la mano a la altura de sus ojos y vio lo que tenía: una larva. Era blanca, tirando a amarilla, con dos ojitos negros, pequeños, y se movía frenéticamente.
Con repulsión, la tiró al suelo y la pisó. Estuvo machacando el insecto durante varios segundos, con un movimiento mecánico. Continuó en su papel y, cuando concluyó el orador, él igual se levantó para felicitarlo. Le dio la mano —la misma, húmeda, casi goteando, con la que se había sacado la larva— y lo abrazó efusivamente. «Gracias, hermano, por tus palabras», susurró.

*

El evento —el mitin, el retiro espiritual, la junta de consejo… — duró media hora más. Con señas, pidió que le dieran un pañuelo, que se pasó varias veces por el cuello. Vio entonces que la tela se manchaba.
No pudo más; se excusó y pidió que lo llevaran a sus oficinas. Estaba lívido, tenía ganas de vomitar y el cosquilleo continuaba. Sin embargo, nadie se dio cuenta. Nadie. Sólo yo, y sólo tú, ahora.
Antes de llegar a la suburban, tuvo que saludar a muchas de personas. A algunas, las conocía; a otras, no. Pero veía sus sonrisas y sus gestos de afecto; muchos, sólo se conformaban con una mirada de él, con rozar su guayabera, con tocar su sotana, con sacudir su mano… Intentó, como siempre, en sonreír y en demostrar cercanía. Y tuvo éxito.
Cuando logró traspasar ese mar de gente, se subió aliviado al vehículo. Adentro, ya estaba funcionando el aire acondicionado; ordenó que arrancaran.
Cerró los ojos en el trayecto. Intentó no pensar. Trató de poner su mente en blanco, en cero. Pero no pudo. Tampoco pudo rezar; ya no tenía práctica. El cosquilleo, esa larva asquerosa, el pañuelo manchado con un líquido café, «como mierda», no era la primera vez que le pasaba. Todo comenzó cuando se lo creyó.

*

Solía tener principios. Solía saber dónde terminaba el bien y dónde comenzaba el mal. Solía ser un hombre íntegro. Y como tal, trabajaba. Como muchos otros de su generación, desde niño tuvo claro lo que quería. Y, desde entonces, todos sus esfuerzos giraron en torno a ese objetivo.
Realmente creía que podía lograr un cambio para bien en las personas que lo rodeaban. Estaba convencido que algo —llámese azar, llámese providencia— lo había destinado a hacer el bien. Realmente quería dejar una huella positiva. Se consideraba un líder, alguien a quien valía la pena hacer caso, seguir. Hasta que comenzaron los cosquilleos en la oreja.

*

«Esas son las medidas que le hacían falta al Estado. ¡Felicidades». «Realmente me gustó su homilía, padre. Me llegó al corazón». «Es usted un excelente gobernante». «Tú nos hacías falta; llegaste en el momento indicado». «Era muy necesaria la decisión que tomaste; para que la empresa prospere, había que quitar toda esa grasa…». 
«¡Qué bueno que corrió de su gabinete a ese ladrón! ¡Ya era hora que alguien hiciera algo contra la corrupción!». «Muchas gracias por el apoyo. Gracias. Mis hijos y yo podremos salir adelante». «Usted realmente vive el Evangelio; no es como los curas que estuvieron antes en la parroquia. Dios nos lo envió». «¡Hazme un hijo!». 
«Precisamente obras de infraestructura de ese tipo es lo que necesitamos para dejar de ser una zona pinchurrienta». «Sí que tienes güevos. Nadie, nadie le había hecho frente a los empresarios». «Es un santo». «Eres el paradigma del nuevo hombre de negocios».
«¡Qué buen discurso! Nunca antes había asistido a un mitin tan concurrido». «Si quieres, vas a llegar hasta Los Pinos». «De una empresa familiar a una con presencia en todo el país y, próximamente, en el extranjero». «Lograste lo que nadie: callaste a los críticos sistemáticos; te metiste a la bolsa incluso al periódico más duro con nuestro partido». 
«Eres la mano derecha del obispo». «La compañía necesitaba de un director general como tú, sobre todo en estas épocas turbulentas». «Tus deseos son órdenes».

*

Se bajó de la suburban, y recorrió con rapidez el atrio. Subió las escaleras y se dirigió a sus oficinas, en el anexo parroquial. Se sorprendió al ver a su capellán. No sabía cómo lo había logrado —de nuevo— pero había llegado antes que él.
Lo saludó y entró; fue directo al baño. Ahí, ante un gran espejo, volteó el rostro, en un vano intento para ver su oído. Aunque sentía que el líquido seguía saliendo de ahí, no vio nada. Sin embargo, el papel seguía manchándose.
Su sotana estaba empapada. Y efectivamente, su sudor apestaba. Pero no con ese olor agrio, de queso que le perseguía desde la adolescencia, en el seminario. No. Hedía. A muerto.
Se la quitó y se refrescó. Pidió que le trajeran una camisa —«sí, esa con el alzacuellos que me traje de Roma…»—. La sotana, la que olía a diablos, a azufre, la tiró a la basura. Y así, con el dorso desnudo, se vio de nuevo en el espejo.
Ya no era el de antes. No. Había ganado kilos, muchos. Tenía tetitas de una preadolescente, con largos, rizados pelos coronando los pezones negros. Innumerables estrías surcaban su cuerpo, lo que lo hacía parecerse un triste tigre; un trabalenguas de grasa.
Antes de salir, metió la panza. Afuera, su capellán lo esperaba con una prenda recién planchada. Él le dio las gracias, esperando un gesto de asco, una señal de que veía lo mismo que él. Pero no.
Se la puso, y le pidió que le dijera qué seguía, a qué hora tenía misa, y si había alguna cita. El capellán sacó de su bolsillo una lista y empezó a recitar nombres y asuntos. Él asentía, pero no escuchaba. Sólo veía cómo su escudero movía los labios, ensimismado en el papel que tenían frente a sus ojos.
«Cancela todo», le ordenó. «Llama al otro padre. Hoy no estoy de humor. Ni para dios ni para los hombres». Y con un ademán le pidió que se retirara.

*

No fue una descomposición rápida. A la larva que había aplastado esa mañana le siguieron otras. Al principio, una cada dos, tres días. Primero, sólo salían de un oído, después de los dos y de la nariz. Incluso, vio una asomándose por un lagrimal.
Las larvas se transformaron en moscas. Las sentía zumbar en su interior. Sus apariciones públicas fueron cada vez más esporádicas.
La peste no sólo seguía impregnándose en sus narices; aumentaba. Se tenía que cambiar cinco, seis veces por día. Sus manos sudaban y se comenzaron a llenar de vejigas, pequeñísimas ampollas con una sustancia verdusca en su interior.
Se le cayeron varios dientes, y su lengua se fue tornando blanca, como cubierta por una nieve pastosa.
Sin embargo, y lo que más le llamaba más la atención, fue que incluso cuando él vomitaba ante el asco de verse y olerse, la gente le seguía sonriendo; buscando su mirada o su mano para estrecharla.
Las mujeres, incluso, se mostraban más descaradas que antes. Hacían el amor con él con la misma o mayor intensidad que antes. Y no sólo parecía, lo gozaban. Gemían y gritaban al sentir que él tenía un orgasmo.
Esa indiferencia general hacia su carne putrefacta lo convenció de no ir al médico. Mantuvo, en la medida que podía, su agenda normal. Trabajaba al garete, como zombi, que al fin y al cabo, era en lo que se estaba convirtiendo.
Todas las mañas veía —cuando se le cayeron los párpados se le hizo imposible leer— la prensa. Y se veía en ella. Como se recordaba. Como era antes de que creyera que tenía un cosquilleo en la oreja.

*

Un día, en una reunión de su consejo de administración, vio algo raro en su café. Tomó una cuchara y removió la taza. Del fondo emergió un pedazo de carne. Era parte de su lengua.
Mientras sus empleados proyectaban las excelentes cifras de crecimiento de su empresa, él se deshacía; como un gelatinoso trozo sobre pavimento. Se hablaba de planes de expansión, de la necesidad de recortar —aún más— al personan, de crear diversas empresas para pagar menos impuestos.
Harto, les dijo a todos sus directores y asesores externos —«lamebotas todos», maldijo en silencio— que la junta se terminaba y llamó a su secretaria. Le pidió —balbuceando— que cerrara la puerta y le preguntó si no veía cómo se estaba pudriendo en vida.
«No, señor», le respondió ella, con tono rugoso. No lo dijo, pero bien pudo añadir: «Al contrario. Es usted la imagen misma del poder».








Post scriptum: ¿Es necesario mentir y poner, en una advertencia, que este relato no está basado en ningún personaje de la vida real? Yo creo que no. Al escribirlo, me inspiré en el ser humano, en cuya naturaleza radica la tendencia a descomponerse cuando ejerce algún tipo de influencia o poder.