viernes, 13 de junio de 2014

«Nos vemos allá arriba»

El final del conflicto es inminente, y el oficial a cargo tiene prisa por colgarse una medalla más; quiere terminar la guerra con un grado mayor.

Así, desde la trinchera, como rata, le pide a dos soldados que hagan una inspección. Sin que nadie se percate, mata a sus propios compañeros, por la espalda, desde lejos; como cobarde.

La tropa cree que fueron los alemanes y están sedientos de venganza. Piden, claman una última carga. El oficial ha cumplido su cometido. No hay motivación más eficaz que el odio.

La carga se realiza al amanecer. Un joven se despega del pelotón y ve los cadáveres de sus compañeros; se da cuenta que los mataron por la espalda.

Antes de que pueda hacer algo, llega el oficial, quien lo empuja a un hondo cráter. Imagínate la escena. Es la Primera guerra Mundial, y estas personas están en una zona que ha sido constantemente bombardeada.

Meses enteros de lluvias, de pólvora, mierda, gases, dinamita… La tierra está sembrada de cadáveres, con diversos grados de descomposición.

El soldado intenta salir del hoyo, pero no puede. Tiene una profundidad de dos metros, y la consistencia del terreno hace imposible que pueda superarlos. Necesita que alguien lo vea y que le eche la mano. 

Sin embargo, un proyectil cae cerca de ahí, tan potente que ocasiona una ola de tierra. Sí, una ola de tierra que sepulta vivo al joven. Son segundos interminables, de tristísima intimidad. 

Una agonía lenta, solitaria, estéril. Un vientre materno aberrante y aberrado, en el que el soldado intenta, en vano, recapitular su vida. Cada segundo es una eternidad, en el que poco a poco se extingue  la consciencia. 

Cuando el aire ya escasea, el joven descubre que no está solo. La bomba removió igual las entrañas de la guerra y colocó junto a él el cadáver de un caballo. Antes de morir, asfixiado, el soldado intenta recuperar de los pulmones putrefactos del animal aire. 

*
Las líneas con las que comencé estos apuntes es el resumen del inicio de «Nos vemos allá arriba». Intenté relatar, con mis palabras y con mis recuerdos, esa intensísima escena con la que Pierre Lemaitre inicia su novela.

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