viernes, 6 de junio de 2014

Mi Macondo

Tal vez, en unos cuantos años, escriba, con muchos más detalles, la historia que a continuación te contaré.
Si lo hago, me veré obligado a cambiar nombres, no para que los lectores no identifiquen a los verdaderos protagonistas, ya que muchos ya fallecieron; sino porque nadie me creería que todo comienza con un español que se llamaba Eugenio Rosado del Pozo. Y termina con una, al parecer, interminable lista de mártires, santos y vírgenes —aunque sea sólo por el nombre—.
Todo parece indicar que por motivos políticos Eugenio tuvo que salir de su país, con su hermano y sus respectivas esposas. Los españoles hicieron las Américas, y arribaron a Cuba, que entonces se encontraba recién independizada de la Corona de la que escapaban.
Eugenio y su hermano habían hecho un pacto. Quien tuviera el primer hijo de ellos, en ese nuevo continente, lo bautizaría Américo o América. No fue el primogénito de Eugenio. América Rosado fue la primera de la estirpe en estas tierras.
Si los apellidos de este par te causan un ligero rubor —o picazón—, menos me creerías cómo se llamaba la esposa de Eugenio: Carmen de la Espada Ruiz de Herrán.
Así, este matrimonio tuvo cuatro hijos: Diego, Juan Carlos, Consolación, Carmelina y Francisco, quienes portaron con resignación los apellidos Rosado de la Espada.
Los primeros cuatro nacieron en La Habana; el benjamín, a quien después todos conocerían como «Fanfán», arribó, sorpresivamente, al mundo en Mérida.
En Cuba, el sentimiento antiespañolista se había intensificado. Los recién independientes isleños veían con recelos a los peninsulares, y los empujaban a la periferia de la sociedad.
Así, Eugenio tuvo que empacar de nuevo, y llegó de avanzada a Mérida. Su familia lo alcanzó meses después.
El trayecto, entonces, duraba dos días, y se realizaba en barco. Era 1916. En la travesía, un abogado yucateco, treintón, se enamoró de una jovencita quinceañera, cubana, de padres españoles.
Él se llamaba Roberto Castillo Rivas y ella, Carmelina Rosado de la Espada. Roberto ya conocía a Eugenio, quien ya había encontrado trabajo como catedrático en esa nueva tierra mexicana.
Así, Roberto pudo cortejar a Carmelina, con quien terminó casándose. Tuvieron tres hijas: María del Carmen, María de la Victoria Eugenia e Irma Ileana.
Décadas después, la segunda de ellas relataba a sus hijos y nietos, en realidades envueltas en algodones de fantasía, cómo su padre, Eugenio, había hecho guardia el día que mataron a Felipe Carrillo Puerto.
Roberto era juez federal. Cuando la revuelta delahuertista tuvo una de sus expresiones más lamentables, esperó en vano a que, en su calidad de autoridad, alguien acudiera a él para impedir el cobarde crimen.
La familia Castillo Rosado vivía donde hoy se encuentra la Casa de España, en Itzimná. Ahí, los faroles de nafta ardieron toda la noche, intentando iluminar una de las oscuridades más tristes de la historia yucateca.
Sin embargo, las fechas no casan. Roberto no estaba en el Estado cuando mataron a Felipe Carrillo Puerto. Ese episodio nació de una amorosa imaginación.
Otra anécdota que fue repetida constantemente fue que en la casa de los Castillo Rosado el general Salvador Alvarado, furioso comecuras, se quitó el sombrero ante un Sagrado Corazón de Jesús.
En lo que sus hijas calificaron una iluminación divina, Carmelina colocó el perchero junto a la imagen, obligando al distinguido y radical visitante a descubrirse.
Pero, de nuevo, las fechas tampoco casan. Alvarado gobernó cuando el juez y su familia vivían en otra ciudad.
María del Carmen era una flaquita, medio insípida. En contraste, María de la Victoria Eugenia era una belleza, una muñeca de porcelana. Irma Ileana, conocida en sus mejores épocas como el «mango negro», tenía un cuerpo de infarto, con un derriére que pasaría a la historia de la libido local.
María de la Victoria Eugenia —Ena— se casó con un vecino de Itzimná. Abogado al igual que su padre Eugenio, Pablo Alonzo Fajardo era el mayor de seis hermanas. Fue el único varón; fue el único que se casó.
Los Alonzo Fajardo vivían en la residencia donde hoy funciona la Casa Rosada, misma que durante un siglo ocuparon sus longevas hermanas. Estas señoritas —nunca conocieron varón, presumían— siempre fueron viejitas.
Pablo, al igual que Roberto a Carmelina, le llevaba más de quince años a Ena.
Tuvieron dieciocho hijos, y agotaron el santoral: María de la Victoria Eugenia, Pablo José Antonio, Roberto Nicolás, Patricia Guadalupe, Lucía del Sagrado Corazón, Ignacio de Loyola, Francisco de Asís, Alfonso María y Josefina Gertrudis del Sagrado Corazón de Jesús.
Tomamos aire, y seguimos: María Pía de Lourdes Marcelina Teófila, María Aida, María Cristina, Luis Martín Giovanni, Verónica del Pilar, Miguel Tadeo, Sofía del Espíritu Santo, Tadeo Mauricio y Teresita del Niño Jesús.
Fructífero árbol. Fructífera imaginación. Mi Macondo es Itzminá; mis Buendía, los Alonzo Castillo. Sólo que yo no me invento nada.

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